domingo 31 de enero de 2010

Crawl

Día de piscina. Los niños desfilábamos por la calle detrás de una vieja profesora hasta unas instalaciones deportivas cercanas. Habíamos llegado ya a los trece años. la pubertad escalaba en algunos con erupciones carmesí llenas de pús, en otros con explosiones de violencia y en los menos con una acuciante y muy concreta curiosidad por las chicas.

Chicas: había algunas que ya eran mujeres. En menos de un año habían desarrollado un cuerpo como si se tratara de un globo y lo hubieran hinchado. Había una que era una exageración. Se llamaba María y todos los brutos de la clase aprovechaban el medio acuático para 'jugar' con ella, bucear bajo sus piernas, hacerla trastabillar y sumergirla para simple y llanamente, meterle mano. Yo me mantenía al margen. Era el único que iba a la piscina a aprender a nadar. Quizás era tonto o quizás no. La chica acabó más que harta de sus acosadores. Tuvieron que ver como un día, ella y yo, que nos habíamos hecho muy amigos, salíamos de la piscina juntos. No pasó nada. Sólo fue una caricia en el brazo.

Más tarde me tocó defenderla cuando llegaba a la escuela. Me llevé más de un empujón y más de un golpe por parte de aquella turba de malnacidos. Pero María acabaría agradeciéndomelo más tarde. En la cima de la pubertad, cuando estábamos a punto de entrar en la juventud de los 20. El tiempo y nuestras parejas nos separaron, pero nuestra historia, fugaz y breve, aquella alianza de la gratitud vivirá por siglos.

sábado 22 de agosto de 2009

Abejita punzante

Lo cierto es que me encantaba observar los escaparates de aquellas tiendas. En medio del movimiento del centro comercial mi figura ligeramente oscura pasaba desapercibida, aunque estaba plantado observando aquellos maravillosos corsés. El problema de los corsés es que en principio son objetos inanimadosque precisan ser rellenados con algo... no sé, algo supremamente bello, si puede ser.

Parado ante el escaparate, de repente me topé con unos ojos que se quedaron anclados a los míos. No sabía lo que pasaba. Ella tampoco. No hablamos. Ella se marchó. Yo fui a tomar un café antes de salir del bullicio horrísono, de los ecos que rebotaban en la glorieta. Me metí en una tienda de caballeros, pero ella estaba allí, extrañamente, observado unas horribles parcas para señores de 50 años. No entendía. Se estaba produciendo una especie de cortocircuito en mi interior. Hice lo que no he hecho nunca. Me acerqué. Me puse a su lado, trasteando las horribles gabardinas. ¿Sabes si hay alguna talla 44?, le pregunté. Sonrió, a duras penas, para no darme pie a envalentonarme. Y serpenteó entre perchas dejándome solo ante mi tribulación. ¡¡Una abeja punzante había pinchado el centro de mi corazón!! ¿La volvería a ver?

sábado 1 de noviembre de 2008

Frigorífico

Eran las dos y media de la tarde. Una furgoneta se acercó lentamente hasta el aparcamiento de la finca. Dos operarios descargaron de dentro del vehículo una pesada caja que introdujeron hasta la cocina de mi casa. Cuando se marcharon, mi padre rompió los flejes y con un cuchillo de sierra rajó el suelo de la inmensa caja de cartón. Entre mi madre y él tiraron de la caja hacia arriba hasta que salió de dentro una inmensa nevera. Era la nueva nevera de casa. Con más capacidad, puesto que la familia había crecido.

Seguí a mi padre hasta el patio de atrás, donde había un atrio donde los basureros se encargaban de recoger la basura. Allí quedó depositada la enorme caja de cartón, una caja que invadió mi imaginación durante un par de horas. Me fui al colegio. Volví. Fui a buscar el cuchillo de sierra. Me fui al patio de atrás. Dibuje de forma un tanto chapuzas un corte en forma de puerta en el grueso cartón. Después empujé. Primero con la mano, luego con el codo. Después con el hombro, descargando sobre la zona recortada mi peso de niño. De niño de 8 años... El cartón cedió, descubriendo una maravillosa cueva.

Cuando estuve dentro del envoltorio me sentí como en casa. La puerta estaba entreabierta. Miré por la rendija. Allí estaba. Era la niña del edificio de enfrente. Siempre estaba interesada en lo que hacía. Vino a mirar. Paseó por enfrente de la puerta de mi nueva casa. Vio que la estaba observando. Se sintió turbada. No recuerdo qué pasó... La escena siguiente es que ella había llegado a mí. Estaba sentada en plan indio en medio del envoltorio de cartón. Yo estaba de rodillas frente a ella, sabiendo, suspirando... No sé... ocurrió que al poco estaba comprobando que ella no tenía ningún bulto bajo las braguitas. Más bien no: una hendidura de color rosáceo que dejó las yemas de mis dedos humedecidas. Por la espina dorsal me corría un escalofrío inquietante. De rodillas, frente a ella. Yo había sacado mi pene, sin saber por qué, instintivamente, había dirigido su blanca mano para que lo acariciara. En medio de aquella tarde de finales del verano mis labios dejaron escapar un suspiro de placer. La oscuridad se estaba haciendo dueña del cielo. El grito de un adulto resonó confuso en el aire. La niña salió disparada de la caja... Todo había acabado. Me sentía confuso... El camión de la basura avanzaba marcha atrás por el pequeño callejón. La niña salió corriendo. El placer se había acabado y mi "casa" estaría bien pronto en un estercolero.

Salí, rojo y avergonzado, en dirección a la ensalada que esperaba encima de la mesa. Nunca se me había ocurrido pensar que un frigorífico pudiera dar tanto calor.

viernes 24 de octubre de 2008

domingo 25 de noviembre de 2007

Churro, mediamanga, mangotero

Por suerte, el verano pasó y con él la girl-scout y el tercer botón de su blusa. Estaba en una nueva escuela, con nuevos compañeros... y compañeras. Eché un vistazo a mi alrededor y de seguida me sentí desilusionado. En aquella escuela no había ninguna niña que me hiciera tilín y, para colmo, íba a tener que estar muy alerta con los gamberros de la clase, que la habían tomado conmigo. Un día aparecí con un niki a rallas y uno de ellos comenzó a burlarse de mi llamándome Il gondolero italiano. Con aquel capullo iba a tener con mucho ojo. De hecho, no tardé más de quince días en pelearme con él a la salida de clase. Por suerte, al poco habían entrado en la escuela algunos chicos más vulnerables, lo que sirvió para que me dejaran en paz. Y también entraron un par de chicas muy interesantes. Había una que se llamaba Isabel. Despertó mi curiosidad de inmediato por su personalidad y su capacidad de liderazgo. Una vez más, las chicas de mi edad demostraban estar tres años más maduras que nosotros. Mientras ellas comenzaban a sentir los efectos del polen, nosotros todavía íbamos lanzando arroz a través de los canutos de los bolígrafos.
La hora del patio era terrible. Los hunos se liaban a golpes entre ellos o le arreaban unas cuantas collejas al empollón. Sus partidos de fútbol en el patio se convertían en una carnicería inmunda, llena de patadas en la espinilla. Lo peor vino cuando les dio por jugar a un juego horrible llamado "Churro, Mediamanga, Mangotero". Era su coartada perfecta para la violencia y su afán de dominio. Obligado por el ambiente, jugué un par de días a aquella porquería hasta que se me hincharon los huevos. Al otro lado del patio estaba lo que me interesaba: Isabel, con una camisa blanca y una sonrisa de oreja a oreja.

Ella había conseguido organizar a las chicas para jugar a cosas civilizadas. Por ejemplo, un día consiguió que dejaran de jugar a la comba y a las gomas y que se pusieran a bailar como si estuvieran en el Oeste. Yo había comenzado una estrategia autista y solía quedarme en un rincón del patio sin relacionarme con nadie. Lo que fuera, antes que jugar al "Churro". Isabel lo vio y me invitó a participar del baile. Al principio pensé en "el qué dirán", pero momentos después había encontrado la coartada perfecta de rozar sus cuerpos, ni que fuera de forma fugaz, mientras enlazábamos nuestros codos en el baile. Fue genial.

El grupo de terroristas no tardó ni media hora en hacer una campaña en contra mía. Lógicamente, el peor insulto que se pueda imaginar salió de sus bocas: "Es marica". Era un insulto muy grave, por aquel entonces, y me obligó a batirme en duelo con varios de ellos. Me quemaron el abrigo. Lanzaron mis libros por el aire. Se mearon en mi portería. Volví a enfrentarme a ellos y a uno le puse un ojo a la funeraria.

Sólo mucho después pensé que, quizás, los mariquitas eran ellos. Amantes de un juego donde varios tíos se ponían con el culo en pompa, otros metían sus nucas en sus cojones y los otros aprovechaban para "subirse" encima. Tanto contacto entre hombres y que encima me llamen a mi "marica". Continué jugando con las niñas. A Isabel la besé en el pasillo, sorprendido por mi audacia. Pero me enteré que tenía un novio. Era una chica de mi misma edad, pero demasiado madura para mí. Me miraba de reojo. Pero tenía un novio de 16. Me dedicaba ternura y frases enigmáticas... pero tenía un novio de 16. Esperaba el siguiente curso con ansiedad, a ver si por fin aparecía una que no tuviera un novio de 16.

lunes 19 de noviembre de 2007

El tercer botón

Aquella girl-scout había conseguido sacarme de mis casillas. No sabía lo que me pasaba. Me peleaba a puñetazo limpio con mis compañeros y a grito pelado con mi madre. Mi padre me arreó una hostia en la cara cuando le dije que me tenía hasta los cojones. Cojones: ese era mi problema. Cojones para ir hacia ella y decirle lo que sentía. Cojones para desabrochar el tercer botón de su blusa de girl-scout. Cojones para estrecharla entre mis brazos y besar sus labios escarlata. Cojones para arrebatarle con la lengua el chicle de fresa que mascaba mientras sonreía y se burlaba de mi. Los cojones me estallaban mientras pensaba en aquel par de tetas incandescentes en perpetuo crecimiento. El fin de semana la volví a ver en el centro de la parroquia, jugando al baloncesto. Aquellas tetas habian crecido un 15% en menos de diez días. Había un feed-back en mi mente: sus pezones los veía como un volcán en erupción. La cabeza me explotaba.

Era verano. Hacía calor. No apetecía ver la televisión. Después de un tajo de sandía y de escupir pepitas de forma infinita me fui a mi habitación. Sentía un remordimiento profundo en la parte baja de mi vientre. En calzoncillos, sobre el catre sudado, comencé a mover una pierna de forma compulsiva. Mis compañeros hablaban de ello; era algo que no podía comprender. Cerré los ojos y apareció el tercer botón... El tercer botón y los labios burlescos que masticaban el chiclé escarlata. La oscuridad carmesí, bajo los párpados, simuló el movimiento de aquellos pechos que jugaban al baloncesto. Odiaba el baloncesto... De hecho, odiaba todos los deportes menos uno. La babilla comenzaba a rebosar la comisura de mis labios. Debajo del calzoncillo comenzaba a aflorar una inexplicable hinchazón. Dirigí mi mano hacia ella, esperando saciar un ansia que me desbordaba, que se apoderaba de mi. Las caricias, sorprendentemente, comenzaron a tener un efecto balsámico. El miembro erecto había tomado cierta autonomía y resbalaba entre mis dedos como los cilindros de un coche, engrasado en las imágenes que iban apareciendo en mi mente. El resultado final me sorprendió en forma de erupción volcánica. Ignorante de mí, no esperaba que el final de todo el proceso fueran unas manchas amarillentas en la sábana que me apresuré a disimular, sabiendo -por instinto- que mi madre estaba esperando el día en que aquello ocurriera. El líquido caliente se esparció por todas partes. Mientras, la imagen del tercer botón y del nacimiento de aquellos senos con tangentes curvas de influencia inclasificable seguían rigiendo la geometría de mi mente.

viernes 16 de noviembre de 2007

Girl-scout

Había llegado a la adolescencia. Nuevo domicilio, nueva escuela, nuevos amigos, nuevo ambiente. Y con él, la última moda. Ir a la parroquia de la esquina y apuntarse a los scouts. La nueva escuela se había acabado bien pronto porque mis hermanos y yo ingresamos en ella casi a punto de acabar el curso. Imposible encontrar nuevas chicas. En los campamentos de aquel verano pensaba encontrar algo que me hiciera olvidar a Esther. Fuimos a unas colonias en las montañas. El albergue era acogedor. Una cámara enorme llena de literas acogía a los chicos. Al otro lado del pasillo, otra cámara igual acogía a las chicas. En la entrada de la enorme finca una piscina se llenaba de agua renovada de la nieve fundida que venía de las montañas. Lo malo era que aquella misma agua era la que bebíamos. Su pureza era tal que nuestros estómagos, acostumbrados al cloro, produjeron gastroenteritis en cantidades industriales durante la primera noche. Tanto chicos como chicas transitamos el pasillo que daba a los lavabos durante la primera noche hasta altas horas de la madrugada. Yo hice dos viajes. Al segundo, me encontré de cara con Nuria, una chica a la que había tenido de vecina en el autocar. Sonreímos y casi sin decir nada, cada uno enfiló el camino hacia su cámara.

Al día siguiente salimos de ruta por la montaña. Al principio iba con unos amigos hasta que al llegar al final de una cuesta vi que Nuria me seguía los pasos. La esperé y sonreí a su llegada. Ella resopló y luego sonrió. Estaba a contraluz y su sonrisa se confundió con la luz del sol. Me sentí enamorado. Pero la adolescencia es una época terrible para los niños. Las mujeres de tu misma edad alcanzan rápidamente un grado de madurez muy superior al tuyo y Nuria, Nuria, después de sonreir se puso seria, pasó junto a mi, hizo un mohín de disgusto y me miró como si fuera un niño; tuve la sensación de que era mejor irme a jugar con mi excalextric. A ver, niño, que todavía hay cosas que no puedes comprender.

El agua de la piscina del albergue estaba helada. Te tirabas de cabeza y, en el momento justo de entrar en el líquido elemento, experimentabas la sensación como de quedarte de piedra. Salía tieso del agua cuando de repente vi a Nuria plantada sobre mi cabeza al borde de la piscina. Otra vez recortada ante el sol. Sus piernas eran como dos columnas dóricas edificadas ante mi vista. Me miró por encima del hombro, musitó algo al oído de una compañera y ambas se echaron a reir.

Suspiré, resoplé y me dije: paciencia, Lanz, paciencia.