Por suerte, el verano pasó y con él la
girl-scout y el
tercer botón de su blusa. Estaba en una nueva escuela, con nuevos compañeros... y compañeras. Eché un vistazo a mi alrededor y de seguida me sentí desilusionado. En aquella escuela no había ninguna niña que me hiciera tilín y, para colmo,
íba a tener que estar muy alerta con los gamberros de la clase, que la habían tomado conmigo. Un día aparecí con un
niki a rallas y uno de ellos comenzó a burlarse de mi llamándome
Il gondolero italiano. Con aquel capullo iba a tener con mucho ojo. De hecho, no tardé más de quince días en pelearme con él a la salida de clase. Por suerte, al poco habían entrado en la escuela algunos chicos más vulnerables, lo que sirvió para que me dejaran en paz. Y también entraron un par de chicas muy interesantes. Había una que se llamaba Isabel. Despertó mi curiosidad de inmediato por su personalidad y su capacidad de liderazgo. Una vez más, las chicas de mi edad demostraban estar tres años más maduras que nosotros. Mientras ellas comenzaban a sentir los efectos del
polen, nosotros todavía íbamos lanzando arroz a través de los canutos de los bolígrafos.

La hora del patio era terrible. Los
hunos se liaban a golpes entre ellos o le arreaban unas cuantas collejas al empollón. Sus partidos de
fútbol en el patio se convertían en una carnicería inmunda, llena de patadas en la espinilla. Lo peor vino cuando les
dio por jugar a un juego horrible llamado "Churro,
Mediamanga,
Mangotero". Era su coartada perfecta para la violencia y su afán de dominio. Obligado por el ambiente, jugué un par de días a aquella porquería hasta que se me hincharon los huevos. Al otro lado del patio estaba lo que me interesaba: Isabel, con una camisa blanca y una sonrisa de oreja a oreja.
Ella había conseguido organizar a las chicas para jugar a cosas civilizadas. Por ejemplo, un día consiguió que dejaran de jugar a la comba y a las gomas y que se pusieran a bailar como si estuvieran en el Oeste. Yo había comenzado una estrategia autista y solía quedarme en un rincón del patio sin relacionarme con nadie. Lo que fuera, antes que jugar al "Churro". Isabel lo vio y me invitó a participar del baile. Al principio pensé en "el qué dirán", pero momentos después había encontrado la coartada perfecta de rozar sus cuerpos, ni que fuera de forma fugaz, mientras enlazábamos nuestros codos en el baile. Fue genial.
El grupo de terroristas no tardó ni media hora en hacer una campaña en contra mía. Lógicamente, el peor insulto que se pueda imaginar salió de sus bocas: "Es marica". Era un insulto muy grave, por aquel entonces, y me obligó a batirme en duelo con varios de ellos. Me quemaron el abrigo. Lanzaron mis libros por el aire. Se mearon en mi portería. Volví a enfrentarme a ellos y a uno le puse un ojo a la funeraria.
Sólo mucho después pensé que, quizás, los mariquitas eran ellos. Amantes de un juego donde varios tíos se ponían con el culo en pompa, otros metían sus nucas en sus cojones y los otros aprovechaban para "subirse" encima. Tanto contacto entre hombres y que encima me llamen a mi "marica". Continué jugando con las niñas. A Isabel la besé en el pasillo, sorprendido por mi audacia. Pero me enteré que tenía un novio. Era una chica de mi misma edad, pero demasiado madura para mí. Me miraba de reojo. Pero tenía un novio de 16. Me dedicaba ternura y frases enigmáticas... pero tenía un novio de 16. Esperaba el siguiente curso con ansiedad, a ver si por fin aparecía una que no tuviera un novio de 16.